sábado, 15 de febrero de 2020

-A San Marcos Sierras, Córdoba-


Me estoy yendo con la emoción
galopando dentro del pecho,
como fuego intenso.
Con la lágrima atravesada
del rincón de los sabios
y aquel castillo
que está al final del cerro,
escondido en lo alto,
donde reina la magia.

Me estoy yendo con la foto,
impregnada en mi piel,
de la llama que mantuvimos viva,
de la charla que mantuvimos latente,
del silencio que mantuvimos quieto,
de la leña y la poca luz,
que nos alumbraba tanto.

Me estoy yendo con un cuerpo,
desconocido,
nuevo,
descubierto.
Con canciones y miradas,
y letras,
y tanta vida,
esperandonos.

Me voy llena de tormenta,
tal como llegué,
porque resulta que te gusta
el viento y el peligro.

Me llevo palabras
escritas a oscuras,
solo conmigo,
revolviendo emociones.

Me llevo tu abrazo,
y ese empujón que me diste,
indio querido,
para que siga adelante.

Me voy pero me guardo
tu sonrisa en mi vientre,
tus montañas que invitan a patalear,
a reir, a soñar, a jugar,
a soltar un grito desde el medio del alma.

Me voy, pero antes
voy a pararme en el centro de la soledad,
a desplumar todos mis sentimientos
y dejar caer gotas
desde mis ojos
hasta el río.
Dejaré que se mezclen
y se vayan,
como todo lo triste.
Que mi alma se limpie
y renazca,
que crezca fresca
y liviana
como una hoja que rueda y rueda
por el cerro empinado...

Y me despediré,
pidiendo que la arena de aquella playa
raspe las heridas,
que cada piedra,
me sostenga la confianza
por el resto del camino,
y que todos los recuerdos,
me inunden para siempre.

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