lunes, 21 de septiembre de 2020
Que cuente la noticia, me pidieron hace ya 15 años. Yo comenzaba mi carrera como periodista para ese entonces, y me exigía a mí misma involucrarme de lleno en cada caso. No iba a contar la historia como cualquier otra. Porque ninguna historia debería ser simplemente una más. Tomé el artículo con algunos datos que me daban como base, y respiré profundo. Se venían muchos cambios; pronto me iría a trabajar a Corea, pero quería dejar una huella impactante en mi país antes de irme. Leí el nombre de la protagonista. Florencia Pennacchi. Flor. Mi amiga Flor, la que me había despedido con un gran abrazo hacía dos días, cuando me subí al colectivo para volver a casa.
¿Qué pasó? No pude derramar ni dos palabras de ese artículo ese año. Solo derramé horror e incertidumbre. Ahora, que estoy en Corea, no puedo saber con qué exactitud se la recuerda en Argentina, pero sí sé cuánto la sigo extrañando yo, y sé que su paradero sigue siendo desconocido.
Después de quince años por fín puedo poner en palabras, como periodista y como amiga, la historia de Flor. Y creo que es necesario.
Ella estudiaba Ciencias Económicas, y trabajaba en el Instituto de la Vivienda de la Ciudad. El 15 de marzo de 2005, organizó una fiesta en su casa para despedirme a mi… Y esa fue la última vez que vi su casa y que la vi a ella. Cuando entré al baño, media borracha, no imaginé que nunca más me reflejaría en ese espejo tan familiar para mí, con esos cartelitos para subir el autoestima que a ella siempre le gustaban. Cuando regresé para tirarme al sillón y chocarle mi vaso para decir, por enésima vez en la noche, “felicidades”, tampoco imaginé que ese sería nuestro último brindis. Nunca imaginé que la despedida iba a ser para siempre.
Ella nos acompañó a todos a la parada, siempre tan servicial. Eran cerca de las 2 de la mañana.
Después se pidió dos latitas de cerveza más, por delivery.
No sé si las llegó a disfrutar.
“Un misterio”, eso dicen del caso. Otra “desaparecida” más. Como periodista, exijo cambiar el vocabulario que utilizan los medios. A ver, que si la gente pudiera desaparecer por cuenta propia, la sociedad pasaría menos momentos bochornosos. A las mujeres las hacen “desaparecer” de su vida cotidiana. Las desaparecen de su cama de siempre, de su libertad, de su simpleza de elegir que quieren cenar y desayunar, y de su derecho de andar sintiendo miedos simples. A Flor le arrancaron esas cosas, no eligió dejar de sentirlas, no pudo despedirse. Le sacaron el miedo a volver a enamorarse, el miedo a las entrevistas de trabajo, el miedo a su próximo parcial. Y le dieron en cambio, un miedo constante a la muerte, que no es para nada un miedo simple. Le desaparecieron su risa fresca, la arrancaron de los abrazos de su familia y amigas. Le robaron las estaciones, el aire libre, la mente despierta. Le estrujaron la posibilidad de ser quien quería ser. Todo a cambio de encierro y manos desconocidas sobre su cuerpo. Y son evidentes los responsables, esto no es un misterio. Es una corrupción, una mirada para el costado, un negocio sucio que aplasta sueños y solo deja pesadillas...
Un negocio en el cual, la parte que da, no está dispuesta a dar.
Un negocio en el cual, ésta vez, el cliente no tiene la razón.
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